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Amanecer Comechingón fue una experiencia excelente

Prepararme para el amanecer me llevó tres meses, primero el físico, entrenar cuatro veces por semana, para ver el amanecer en las altas cumbres de Córdoba. También reservar alojamiento, pasajes de avión y alquiler de auto.

La mente, mi mente fue un capítulo aparte, el recorrido sería de cincuenta kilómetros en el cual se cruzarían varios arroyos de montaña, amplios y torrentosos, esto me presentaba una incógnita y algunas noches de desvelo, por el solo hecho de pensar en mojarme los pies y correr muchas horas con ellos mojados. Fue un tema que realmente me desveló varias noches, el invierno en esta provincia puede ser muy crudo, es que ya lo viví hace unos cinco años atrás, corriendo La Mision por la cumbre del Champaquí a -15°C, pero en esa oportunidad pude evitar mojarme, esta vez en Yacanto de Calamuchita no habría forma de evitarlo.

A ritmo constante el tiempo fue acercando la fecha del viaje, una semana antes confirmé todas las reservas, en el caso del auto como tenia un mail con un código de reserva, consideré que estaba ok.

Viajamos con Vero, y nos encontramos en aeroparque, porque ella trabaja en CABA. Así fue, nos reunimos en la terminal aérea, y como ocurre frecuentemente, el vuelo salió con una hora de atraso, una atención descortés por parte de la aerolínea (la de la L).

Las cosas estaban planificadas casi con precisión de relojería, una de las que me preocupaba era el horario de llegada al aeropuerto de Córdoba, llegamos a las 0:15, retiramos el equipaje y rápido nos fuimos hacia la zona donde están los locales de alquiler de autos.

Las persianas bajas, de todos, salvo uno que estaba realizando una entrega fuera de hora. Todos trabajan en la franja horaria de 07 a 23 hs. A la empresa que teníamos reserva ni noticias.

Consulto si tenía un auto para alquilar, y me responde que no, por el fin de semana del 9 de julio había mucha demanda, me dijo el de fuera de hora.
Al otro día me entero de que si tenía -el tipo en ese momento se quería ir-

En pocos minutos se nos derrumbó toda la planificación, hasta Villa Yacanto nos separaban apenas ciento cuarenta kilómetros. Llamé al dueño de la cabaña y nos dio opciones de traslado en micro, pero el problema era como movilizarnos en el pueblo, nuestro alojamiento quedaba a cinco kilómetros del pueblo, en medio de la montaña.
Llamamos a un 0800 Localiza, “se atiende de 05 am 00 pm”.

Con el atraso del vuelo en aeroparque decidimos cenar una milanesa, menos mal, en el aeropuerto de Córdoba, todos los bares estaban cerrados. Así que nos dispusimos a ejecutar el “Plan B” dejar que pasen las horas hasta las siete de la mañana y cuando abrieran los locales de alquiler de autos veríamos que pasaría.

Mi cabeza tuvo una noche para divagar por diferentes hipótesis, tomar un vuelo volvernos y suspender todo, sentirme culpable por no haber chequeado correctamente la reserva del auto, a primera hora tomarnos un micro a la Villa y por último conseguir un auto y seguir con el plan original.

Pasar una noche en el aeropuerto después de un día completo de trabajo, hace que las horas sean eternas. Cuando duermo en una cama siento que las horas pasan muy rápido; esperar siete horas en asientos de aeropuerto, de forma mágica hace que cada minuto valga doble o triple -las horas no pasan más-

En un momento con Vero nos reíamos y nos sentíamos como Tom Hank en la película “La Terminal”.

Dormir fue digno de un acto de acrobacia, nuestros cuerpos tomaban posiciones de lo más extrañas, en esos incómodos asientos de aeropuerto. Vero se llevó el primer premio durmió de las formas más extrañas, estirada con los pies en la valija, de un costado del otro, apoyada plegada sobre sus rodillas, una verdadera acróbata de la silla. No pude dormir ni un solo minuto, estuve sentado, parado, caminé, fui al baño y mil veces me lavé la cara.

3, 4, 5, 6, 7, si llegó la hora tan esperada; los chicos de los locales de alquiler comienzan a abrir las cortinas; espero un par de minutos y me acerco al primero al que ya estaba listo, y le pregunto (es el mismo local que hizo la entrega fuera de hora) tenía un auto, me dice que sí, pero de alta gama -pienso: pago lo que sea-
-mire pregunte al lado, es muy caro lo que tengo, me responde. Que buena onda el flaco.

Pregunto al otro local que terminó de abrir, me responde que sí, y que es más económico, tengo un Nissan. Con Vero no podíamos disimular la alegría. Hacemos los papeles.

Nos traen el auto, salimos por primera vez del aeropuerto, el frio que hacia estaba reflejado en el hielo que había en el parabrisas del auto, ponemos el GPS, cargamos las coordenadas y salimos rumbo a Yacanto de Calamuchita, en algo menos de tres horas de viaje llegamos a nuestra cabaña y nos encontramos con nuestros amigos Daniela y Marcos que habían viajado en su camioneta.

Amanecer Comechingón (Utacch) es la carrera que me esperaba, 50 kilómetros por senderos de montaña, atravesando gélidos arroyos y algún pantano de altura. Al cruzar el primero intenté hacerlo por arriba de algunas piedras, me resbalé y pegué de nalgas contra una roca, un mensaje interior me dijo: es preferible mojarse los pies antes que caerse y empaparse todo el cuerpo; seguí este auto consejo; mis pies se fueron calentando y enfriando más de nueve veces, que son las que recuerdo que crucé por el agua, esto lo asumí como agua bendita que la Pachamama me ofrecía generosa en cada cruce, y que mi niño interior lo terminó disfrutando como cuando era pequeño. En algunos momentos jugaba a que era un originario de estas tierras y que mis bastones de treking eran mis lanzas para ir a la caza de una presa para alimentar a mi manada. La carrera arrancó a la 06 am con -12°C y once horas después me llevaron a la meta. Una carrera que disfruté cada instante, caminando las subidas y trotando las bajadas, administré mis alimentos y él agua, que recargaba en cada uno de los cinco puestos de abastecimiento y que en un par de ellos nos convidaban con caldo calentito y unas tiritas de carne asada, en ese instante fue como disfrutar de una gran parrillada. Unos quinientos metros antes de la llegada Vero me estaba esperando, me hizo el aguante durante las mismas horas, en el auto o recorriendo toda la fiesta que era la plaza. Una vez reunidos compramos comida y un par de cervezas, no fuimos a la cabaña a bañarnos, comer y brindar por un día de mucho disfrute con la madre tierra, y dormir que tantas gambetas nos había hecho en las últimas horas.

El lunes comenzamos el regreso hacia Córdoba, nunca en mi vida manejé tan despacio; con auto ajeno no quería que nada se rompiera o hacerle ni un pequeño rayón, para que no me cobraran la garantía de $16.000. llegamos al aeropuerto y el auto lo entregamos sin novedad. Embarcamos y llegamos a Buenos Aires, y al retirar el equipaje, este no aparecía, pensaba si alguien se lo afanó, adentro estaba la ropa de carrera embolsado y con olor desagradable, esta sería para el amigo de lo ajeno mi venganza; pasó una hora y los de la aerolínea lo rescataron en un depósito para hacer una conexión vaya a saber hacia ¿dónde?

Mi hermano Luis nos fue a buscar, llegamos a La Plata y al entrar al departamento nos encontramos sin luz, todo el edificio estaba bien salvo nosotros, no encontramos la falla, lo vuelvo a llamar a mi hermano que es electricista, nos soluciona el problema.

Todos los obstáculos los fuimos solucionando de diferentes formas, pero ¿qué mensaje nos está queriendo transmitir el universo?

Mi mente, nuestra mente, se fue adaptando ante cada unos de los nuevos desafíos que se nos fueron presentando, Amanecer Comechingón fue una experiencia excelente y todo el viaje una puesta a prueba permanente.

Héctor Darío Abeiro
Julio 2018
darioabe@gmail.com

 

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